(Publicado originalmente el Martes 13 de abril de 2013)
“Amo a los calvos, a los ciegos y a los peliteñidos... a
todos y cada uno de ellos y ellas sin excepción. Aunque no amo el hecho de que
sean calvos, ni ciegos, ni peliteñidos”.
Escribí esa frase anoche a modo de ironía. Un amigo
cristiano me preguntó si iría hoy a la Plaza de Bolívar; al parecer ese era el
plan que tendrían él y otros amigos en común, con la intención de ir a “levantar una voz para decir que no estamos de
acuerdo” con el debate que busca aprobar el “matrimonio gay”.
Una de las varias equivocaciones que cometió esta persona, fue
el hecho de referirse al matrimonio “gay”. Puede que el esquema mental de
muchos, incluyéndome, nos haga ver y creer que lo normal, el orden de la
naturaleza es que un hombre y una mujer se unan en sagrado matrimonio, es la
única opción, no puede ser de otra manera. Se puede también argumentar que los
órganos sexuales masculino y femenino están diseñados para aparearse:
hombre-mujer, no puede darse una relación distinta de apareamiento (mujer-mujer
/ hombre-hombre) porque, una vez más, se atenta contra el orden natural de las
cosas.
Sin embargo, el derecho al matrimonio es algo que le
pertenece al ser humano, independientemente de su condición sexual. Entonces,
se habla de matrimonio igualitario porque se aboga por reconocer tanto el matrimonio
homosexual como el heterosexual. Se ignora el hecho de que para las personas
heterosexuales casarse no sea visto como un problema -es decir, que ya es,
siempre lo ha sido, un derecho reconocido- y se aboga, desde ese punto, por un
matrimonio igualitario: el derecho de todos y para todos.
El segundo error de mi amigo cristiano, me pareció bastante
risible. Refiriéndose a los homosexuales él dijo: “yo los amo, no amo su
pecado, pero mi lucha no es con ellos”. Por eso la frase irónica al inicio de
este escrito. El problema de la homosexualidad no es Dios, el problema, y más
adelante explicaré por qué, es la sociedad misma. Ahora que releo lo que Pedro
me escribió, pienso que me hizo falta preguntarle “entonces, ¿cuál es tu lucha?”,
pero mi atención se fijó en esa emulación de magnanimidad proveniente de Cristo
y de su mensaje “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.
Bajo esa enseñanza de Jesús, se podría, por ejemplo, acabar,
reducir o evitar la violencia; la realidad, lamentablemente, es otra. Ahora,
que porque Jesús invite a amar al prójimo o “amar a todo el mundo”, ¿tú, amigo
creyente -yo también lo soy-, me vas a decir que amas a los homosexuales? ¡Qué benevolente
eres!, mi punto es que no los conoces y solo por ese hecho básico no puedes amarlos,
resulta entonces ser una afirmación vacía y generalista.
Más absurdo es aún que digas que “no amas a su pecado”,
suena como si por seguirlo a Él y obedecer su ley: “no ser homosexual y
condenar el homosexualismo”, entonces tuvieras capacidad indulgente sobre
aquellos que sí lo son y, que ni siquiera ven un pecado en su condición o
preferencia sexual. ¿A quién quieres perdonar o exonerar, si no hay nadie para
confesar?
Hay una última cosa que creo que vale la pena cuestionar. Me
da cierto temor hacerlo, pero creo que es pertinente: la Biblia. ¡Fue escrita por hombres! Decimos que es La
Palabra de Dios porque Él los inspiró a escribirla. No tenemos pruebas de que
haya sido así pero es algo que debemos creer por fe, como creemos en la
resurrección de Cristo y en el perdón de nuestros pecados por Su sacrificio.
“No practiques la homosexualidad, al tener relaciones
sexuales con un hombre como si fuera una mujer. Es un pecado detestable”.
Levítico 18:22. (Nueva Traducción Viviente)
¿Lo dice Dios o lo escribió Moisés? Jesús nunca se refiere
al homosexualismo. Los apuntes en contra del ser homosexual, en el Nuevo
Testamento, solo aparecen en las Cartas a los Romanos, a los Corintios, y a
Timoteo, cartas, todas estas, escritas por Pablo, quien antes de convertirse se
llamaba Saulo y perseguía a los cristianos. Pablo perfectamente pudo pasar de
perseguir cristianos a llevar al extremo las leyes escritas por Moisés y
predicar un fuerte rechazo a lo que fuere contrario a estas. Así, dentro de su
discurso cabe la idea de “ser homosexual es pecado, es abominación”.
Cuestiono la Biblia no para anularla sino para ver hasta qué
punto es La Palabra de Dios y qué tan cierto es que Él condena el
homosexualismo. Juan 1:17 dice: “Porque la ley por Moisés fue dada, pero la
gracia y la verdad vinieron por Jesucristo”. Creo que ese verso es suficiente
para entender que el amor de Dios es tan grande que no se preocupa por nuestras
preferencias sexuales ni las condena.
No pretendo aquí dar lecciones de teología ni invitar a las
personas a creer en Dios. Lo que sí me preocupa es que las personas
homosexuales que en Él creen, opten por apartarse, volverse ateos, al ver la
intolerancia que hay en las iglesias frente a sus preferencias sexuales. Es la
gente de la iglesia la que los juzga, no es Dios quien lo hace.
Ahora bien, se aprueba el matrimonio igualitario y luego ¿qué
sigue? ¿la adopción? Vuelvo entonces al inicio de este escrito: el esquema
mental de muchos, incluyéndome, es que las familias son compuestas por hombre,
mujer (esposo, esposa) e hijos, no puede ser de otra manera porque atenta
contra el orden natural de las cosas. Pero si es el deseo, y el derecho de una
persona homosexual formar un hogar con su pareja, ¿por qué no hacerlo? ¿por qué
no darle la posibilidad de tener hijos?
Los argumentos retorcidos en contra de una educación proveniente de padres
homosexuales, son huecos, vacíos, se quedan cortos (la clase de argumentos que
apelan a términos como “abominación” o “depravación”). Mi preocupación es la
siguiente: ¿cómo le explicas a un niño por qué su hogar es diferente al de la
mayoría de sus compañeros? ¿cómo hacer que vea esa realidad como normal y la
defienda? Y lo que es aún más difícil: ¿Cómo hacer que sus compañeros lo
entiendan y lo acepten como normal? ¿cómo evitar que se la monten? Por todas
estas preguntas, aparentemente sin respuesta, es que considero que el problema
está en la sociedad y que esta problemática es cuestión de mentalidad, esa que,
si miramos de forma colectiva, podemos decir que aún se encuentra cerrada.
2 comentarios:
La palabra matrimonio proviene del latín matrimonium.
Etimológicamente se compone de dos elementos latinos:
mater = madre
-monium = condición, estado, función o calidad (sufijo que indica oficio o condición, como en patrimonium, testimonium)
Por tanto, matrimonium significaba literalmente: “la condición o estado de la madre”
o más precisamente
“la institución que reconoce la maternidad legítima”.
Es decir, en el derecho romano, el matrimonio no se definía principalmente como unión romántica ni religiosa, sino como una institución jurídica destinada a reconocer hijos legítimos y asegurar la transmisión del patrimonio y la ciudadanía.
Por eso existe también la palabra relacionada:
Patrimonio → patrimonium → bienes del padre
Matrimonio → matrimonium → condición legal de la madre (la mujer cuyos hijos eran legítimos)
Para que quede claro, en Roma:
El patrimonio era lo que se heredaba del padre.
El matrimonio era la institución que hacía legítima a la madre y a los hijos.
Wow... ¡qué interesante! Gracias por compartir. Uno nunca piensa en la cercanía de esas 2 palabras que desde lo escrito solo difieren por una letra.
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